Alan Mozo cayó en un agujero negro al minuto 42 del duelo ante los Gallos del Querétaro. No fue una acción violenta ni una falta deliberada; fue uno de esos lances crueles del futbol, nacidos del forcejeo y rematados por una mala caída que lo cambió todo.
En un partido trabado, de ritmo espeso y disputas constantes por el balón, Mozo peleaba el control cerca de la línea final frente a Querétaro y al mediocampista Jan Unjanque. En el desplazamiento, el rival se fue “en el viaje” y apretó el pie de apoyo del lateral, haciendo palanca. El resultado fue una escena escalofriante: Mozo quedó tendido, no se levantaba y se tocaba la pierna tras una flexión antinatural.
El silencio se apoderó del estadio. El gesto del jugador y la reacción inmediata de sus compañeros encendieron la alarma. La primera valoración apunta a un esguince de segundo grado, lesión que podría alejarlo al menos un mes de las canchas.
En Pachuca se vivió el momento con espanto. El cuerpo médico lo trasladó de inmediato a un hospital en Querétaro para realizar radiografías; este martes continuará con estudios en la Universidad del Futbol para precisar el diagnóstico y el tiempo exacto de recuperación.
La lesión corta un inicio que pintaba prometedor. Mozo llegó este invierno a Pachuca procedente de Guadalajara, donde pasó cuatro años con luces y sombras: picos de alto nivel, lapsos de desconcentración y la espina de no haber levantado títulos. En Tuzos, el viento soplaba a favor: tras no ver minutos en la fecha uno ante Chivas, completó dos partidos y frente a Querétaro arrancó como titular, sólido por la derecha, creciendo.
Hasta que el futbol recordó su cara más dura. Una jugada infortunada detuvo el despegue y lo obligó a mirar el camino desde la camilla. Ahora, la batalla es otra: sanar, volver y retomar el vuelo. Porque el impulso estaba ahí… y Mozo sabe cómo encontrarlo de nuevo.