A los 41 años, cuando la NBA suele convertirse en un álbum de recuerdos para casi todos, LeBron James sigue firmando hojas de estadísticas como si el calendario no pasara sobre él. Este martes celebra cumpleaños como una confirmación incómoda para el Padre Tiempo, ese rival que nunca pierde… salvo cuando se cruza con LeBron.
No lo dice en voz baja. Lo dijo con una sonrisa, evocando aquel comercial de 2023 donde derrotaba al Padre Tiempo, interpretado por Jason Momoa: “I’m kicking his ass on the back nine”. Traducido a la cancha, el mensaje es claro: sigue produciendo, sigue influyendo y sigue decidiendo partidos en una liga que corre más rápido de lo que envejece.
Sus números actuales sostienen el argumento con autoridad: 20.5 puntos por partido, 4.9 rebotes y 6.7 asistencias. Pero la cifra que lo explica todo no está en la hoja del box score. Esta es su temporada 23, una marca histórica que lo dejó solo en la cima tras rebasar a Vince Carter y redefinir la palabra longevidad en la NBA moderna.
El arranque no fue sencillo. Lesiones, ciática, molestias en la rodilla. Un cuerpo que necesitó tiempo para alinearse con la exigencia real. Pero cuando el ritmo volvió, regresó el LeBron reconocible. En semanas recientes, su promedio se elevó y volvió a cruzar la barrera de los 25 puntos en tramos decisivos, recordando que su impacto no se diluye con los años: se administra.
A inicios de mes ocurrió un momento que humanizó la leyenda. Se terminó la racha de 1,297 partidos consecutivos de temporada regular con al menos 10 puntos, la más larga en la historia de la NBA. Con el marcador cerrado, LeBron eligió asistir a Rui Hachimura para el tiro final en lugar de forzar una anotación que extendiera el récord. La racha cayó; el mensaje quedó.
Para James, los números personales no pesan cuando el equipo gana. Su ambición está puesta en sumar un anillo más y colocar otro trofeo Larry O’Brien en la vitrina de los Lakers. A los 41, LeBron no compite contra el pasado. Compite contra el presente… y lo sigue ganando.

