La Copa del Mundo 2026, que se celebrará en Estados Unidos, México y Canadá, aún está a más de un año de distancia, pero ya enfrenta uno de los debates más delicados de su historia moderna. Esta semana, la discusión sobre un posible boicot europeo dio un giro contundente tras el surgimiento de una petición en Países Bajos que ha sacudido al futbol internacional.
La iniciativa fue impulsada por el productor de televisión Teun van de Keuken y, en cuestión de días, superó las 130 mil firmas, una cifra que activó alertas mediáticas y políticas en todo el continente. El llamado es directo: que la selección neerlandesa renuncie al Mundial 2026 como forma de protesta ante políticas del presidente estadounidense Donald Trump, especialmente en temas migratorios y de tensiones geopolíticas.
“No queremos que nuestros futbolistas, a través de su desempeño en el torneo, apoyen implícitamente políticas de violencia o discriminación”, señala el texto de la petición, que acusa al mandatario de promover un clima contrario a los valores democráticos europeos.
La KNVB responde… con cautela
Aunque la Federación de Futbol de los Países Bajos (KNVB) no ha anunciado ninguna decisión oficial, su presidente Frank Paauw reconoció públicamente que el contexto político representa “un desafío serio” para el torneo. Sin embargo, reiteró que cualquier postura se tomará bajo criterios deportivos y mediante diálogo institucional con autoridades gubernamentales.
Por ahora, la Oranje sigue en el camino competitivo rumbo a 2026, pero la presión social y mediática crece.
Alemania ya abrió la puerta
Antes del movimiento neerlandés, Alemania ya había puesto el tema sobre la mesa. Oke Göttlich, vicepresidente de la DFB y presidente del club St. Pauli, pidió abiertamente discutir un boicot si las acciones del gobierno estadounidense continúan escalando.
El detonante principal ha sido la retórica de Trump respecto a Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, así como posibles restricciones migratorias que podrían afectar la asistencia de aficionados internacionales. Para Göttlich, el Mundial no puede aislarse del contexto global.
Desde el ámbito político, el diputado alemán Jürgen Hardt fue más cauto, señalando que un boicot solo debería considerarse como último recurso, en caso de que las tensiones transatlánticas se agraven.
Groenlandia, aranceles y un clima enrarecido
El trasfondo del debate va más allá del futbol. Las declaraciones de Trump sobre una posible anexión o control estratégico de Groenlandia han sido rechazadas tajantemente por Dinamarca y líderes europeos, quienes las califican como intimidación política. A ello se suman amenazas arancelarias y un ambiente diplomático cada vez más tenso entre Washington y Europa.
Este escenario ha reavivado la discusión sobre si los eventos deportivos globales pueden —o deben— mantenerse al margen de los conflictos políticos.
Opinión pública dividida
En Países Bajos, medios y redes sociales muestran una sociedad fracturada: mientras unos consideran el boicot como una postura moral necesaria, otros defienden que el futbol no debe pagar el precio de la política.
En Alemania, encuestas recientes revelan que casi la mitad de la población apoyaría un boicot si la situación con Groenlandia escala, reflejando la profundidad del dilema.
¿Un Mundial en riesgo?
A poco más de un año del silbatazo inicial, el Mundial 2026 enfrenta una amenaza inédita: no por cuestiones deportivas, logísticas o de seguridad, sino por convicciones políticas y valores éticos.
Si alguna potencia europea decide dar el paso, el impacto sería histórico. Por ahora, el balón sigue rodando en la cancha diplomática, donde cada declaración pesa tanto como un gol en tiempo agregado.

