Después de 272 juegos de temporada regular, de un calendario que devora cuerpos e ilusiones, y de unos playoffs que fueron dejando historias abandonadas en cada ronda, la NFL vuelve a su verdad más cruda y honesta: reducirlo todo a un solo domingo. El Super Bowl LX no es una consecuencia natural; es una depuración. Llegar implica haber resistido más de lo que se presume y haber fallado menos de lo que se permite.
Nueva Inglaterra está ahí otra vez. Y no por nostalgia ni por inercia histórica. Está porque entendió antes que muchos que esta liga no premia el brillo constante, sino la capacidad de sobrevivir a semanas incómodas. El 10-7 ante Denver en la Final de la AFC no fue un espectáculo; fue una declaración. Los Patriots regresan al juego por el Vince Lombardi por duodécima ocasión, nadie ha pisado tantas veces este escenario, y lo hacen desde un lugar que conocen bien: el del equipo al que no se le cree del todo.
Durante meses, la narrativa quiso irse por otro lado. Que la era había terminado. Que el apellido pesaba más que el presente. Que sin Brady y sin Belichick, Patriots era apenas una marca antigua. La temporada desmontó esa lectura con paciencia. Drake Maye no jugó como heredero, sino como conductor funcional de una ofensiva que no necesita fuegos artificiales. Mike Vrabel no entrenó como alumno del pasado, sino como alguien que entiende que enero no se juega: se administra.
Las líneas de apuesta los colocan como underdog por 3.5 puntos frente a Seattle, que viene de imponerse 31-27 a Rams en un cierre dramático. Será la cuarta aparición de los Seahawks en el gran domingo; su marca es 1-2. La experiencia existe, pero el margen de error es mínimo.
Una rivalidad que no envejece
Este cruce no necesita presentación porque ya dejó una cicatriz permanente en la liga. Cada vez que Nueva Inglaterra y Seattle comparten la misma frase, la memoria regresa al mismo punto: febrero de 2015, Super Bowl XLIX, la yarda uno, el pase que no debía lanzarse y la intercepción de Malcolm Butler que congeló a Seattle y elevó a los Patriots a una dimensión histórica. No fue solo un título; fue una escena fundacional para ambos lados.
Desde entonces, la rivalidad vive más por su peso simbólico que por la frecuencia. Se han enfrentado 20 veces en total, incluida aquella noche de postemporada, con ventaja mínima para Seattle 11-9. Seattle ganó más partidos; Nueva Inglaterra ganó el que nadie olvida. Ese equilibrio explica por qué el antecedente no se diluye.
Nada es igual hoy. Pete Carroll ya no dirige a Seahawks. Bill Belichick dejó Foxborough. Russell Wilson tomó otra ruta. Tom Brady observará desde la cabina. Aun así, el recuerdo no se disuelve: el contexto cambia, la memoria no.
El presente manda
Seattle llega bajo el mando de Mike Macdonald, con una defensa que volvió a ser su carta de presentación y un récord de 14-3 que lo colocó entre los equipos más sólidos del año. Patriots también terminó 14-3, conducido por Vrabel en su primer año como head coach del equipo donde se formó como jugador.
El Super Bowl LX no será una celebración del pasado. Será un examen del presente. Dos equipos que saben ganar de formas distintas, pero que comparten una virtud esencial: saber llegar vivos al último domingo.
Porque al final, la NFL siempre vuelve a lo mismo.
Todo importa… hasta que solo queda un juego.

