La selección mexicana volvió al Estadio Azteca, pero no recuperó ni su autoridad ni su conexión con la gente. El empate 0-0 ante Portugal en la reinauguración del ahora Estadio Banorte dejó una postal incómoda: un estadio lleno, una fiesta montada para presumir casa rumbo al Mundial 2026 y, al final, una afición que respondió con abucheos, con ‘olés’ para el rival y hasta con el grito prohibido. México no perdió en el marcador, pero sí volvió a perder crédito frente a su propia gente.
Lo más preocupante no es el resultado aislado. Portugal es una selección top, sí, pero el problema de fondo es que México sigue jugando por debajo de lo que exige el contexto. Era la reinauguración del estadio más simbólico del país, una vitrina mundialista y una oportunidad perfecta para mandar un mensaje de crecimiento. En cambio, el equipo dejó otra actuación gris, sin pegada, sin personalidad ofensiva sostenida y sin esa sensación de que realmente está construyendo algo serio a pocos meses de la Copa del Mundo.
La afición, por supuesto, reaccionó. Y con razón. Porque este equipo lleva demasiado tiempo pidiendo paciencia sin entregar un funcionamiento que entusiasme de verdad. Se entiende que Javier Aguirre trabaja con ausencias importantes y que las lesiones han golpeado el proceso, pero tampoco se puede usar ese argumento eternamente mientras el equipo sigue sin consolidar una idea que emocione y represente a la gente en la cancha. El propio Aguirre ha reconocido que ha tenido que mover mucho la base del plantel por las bajas, pero eso no borra que el Tri sigue dejando dudas en los partidos grandes.
También resulta difícil comprar el discurso de molestia de algunos jugadores o del entorno cuando llegan los silbidos. La selección mexicana no puede exigir respaldo incondicional mientras ofrece actuaciones que no generan ilusión. La afición no abuchea por capricho: abuchea porque está cansada de ver un equipo que compite a ratos, que se conforma muy fácil y que sigue sin corresponder al peso de la camiseta. Si en tu propia casa terminan coreándole al rival y ovacionando más a un jugador portugués de la Liga MX que a tu funcionamiento colectivo, el mensaje es brutal. Y pasó: Paulinho fue ovacionado por el público mexicano cuando ingresó al partido.
Lo del grito prohibido, además, vuelve a exhibir un problema doble. Por un lado, la incapacidad de una parte de la afición para entender el daño que eso le hace al futbol mexicano. Por otro, el nivel de frustración que sigue provocando una selección incapaz de reconciliarse con su gente. Que eso ocurriera incluso en una noche tan vigilada y tan simbólica, con el estadio recién reabierto y con el Mundial encima, es una pésima señal.
Hoy el Azteca ya no pesa como antes porque el Tri tampoco pesa como antes. La fortaleza no la da el concreto, ni las pantallas nuevas, ni la ceremonia de reapertura. La fortaleza la construye un equipo que emociona, que somete, que transmite carácter. Y esta selección, al menos hoy, está lejos de eso. El empate ante Portugal no fue una catástrofe en el resultado, pero sí una evidencia más de que México llega al Mundial 2026 con demasiadas preguntas y muy pocas certezas.
Si el Tri quiere dejar de ser abucheado, primero tiene que dejar de jugar como un equipo que se conforma con sobrevivir. El problema no es que la afición sea dura. El problema es que la selección lleva demasiado tiempo dándole motivos.