Durante casi toda la conferencia de prensa posterior al triunfo de México sobre Ecuador, Javier Aguirre habló de futbol. Del esfuerzo de sus jugadores, del partido, de los ajustes y del reto que viene en el Mundial 2026.
Pero hubo una pregunta que rompió el guion.
¿Qué le hace falta a tu vida?
El técnico de la Selección Mexicana no habló de una celebración multitudinaria, de una cena especial ni de una fiesta con el plantel. Fiel a su estilo, respondió con humor, sencillez y una sonrisa.
“Un whisky. Ahorita mismo, un whisky. No, cortito, con hielo, un Lagavulin. El único que me falta hoy. Y no tengo en la habitación, se me acabó. Ni modo. No le digas a nadie, güey”, soltó el Vasco.
La frase desató risas entre los presentes y dejó una de las postales más relajadas del entrenador mexicano en plena Copa del Mundo. En un torneo donde cada palabra suele ser calculada, Aguirre mostró por unos segundos una faceta mucho más cotidiana: la de un técnico que, después de una noche intensa, solo quiere sentarse en calma con una copa en la mano.
La respuesta llegó, además, en un momento especial para el estratega. Aguirre atraviesa una etapa especialmente feliz en lo personal, luego de convertirse nuevamente en abuelo, y en lo profesional acaba de meter a México a los octavos de final de un Mundial disputado en casa.
Entre la presión del torneo, el ruido mediático y la ilusión de todo un país, el Vasco resumió su deseo inmediato en una sola palabra: Lagavulin.
No fue una gran declaración táctica ni una frase de vestidor. Fue algo mucho más simple. Y por eso mismo, también mucho más memorable.