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El Azteca habló claro: la afición está harta de una selección que no convence

La reinauguración del Estadio Azteca debía ser una noche de orgullo, identidad y conexión total entre la selección mexicana y su gente. Pero terminó siendo otra muestra del divorcio que hoy existe entre el Tri y su afición. El empate sin goles ante Portugal, en la reapertura del inmueble rumbo al Mundial de 2026, dejó abucheos, gritos de frustración y hasta “olés” para el rival, una escena durísima que no puede maquillarse ni minimizarse. México no perdió en el marcador, pero volvió a perder algo más grave: credibilidad ante su propia tribuna. 

Lo que ocurrió en el Azteca no fue un capricho de la gente. Fue la reacción acumulada de una afición cansada de una selección que lleva demasiado tiempo sin emocionar, sin ofrecer un funcionamiento sólido y sin responder a la altura del contexto. Porque no era cualquier partido: era la reinauguración del estadio más importante del país, una de las últimas pruebas antes del Mundial y una oportunidad inmejorable para recuperar ilusión. En cambio, el Tri dejó otra actuación gris, con poca claridad ofensiva y más dudas que certezas. 

Fernando Quirarte expresó tristeza por los abucheos y pidió respaldo para la selección, recordando que México está a semanas de jugar un Mundial en casa. Su postura es entendible desde el sentimiento y desde el peso histórico que tiene vestir esa camiseta. Pero hoy el problema de fondo no está en la exigencia de la afición, sino en que la selección y su entorno siguen actuando como si el desencanto del público fuera injustificado. No lo es. La gente paga, espera, se ilusiona y lleva años recibiendo actuaciones mediocres, mensajes vacíos y una selección que rara vez transmite que puede competir de verdad contra los mejores. 

Y ahí está uno de los puntos más delicados: la reacción del entorno. Javier Aguirre defendió el rendimiento de su equipo tras el 0-0 y dijo que México estuvo “a la altura”, una lectura que choca de frente con la percepción de gran parte de la grada. Sí, Portugal es un rival de jerarquía. Sí, el empate no es una catástrofe en frío. Pero una cosa es competir con orden y otra muy distinta vender como avance una actuación que volvió a dejar al equipo sin pegada, sin imaginación y sin control emocional del ambiente. Cuando el técnico, los jugadores o los directivos parecen más preocupados por cuestionar el abucheo que por entenderlo, el mensaje hacia la afición se vuelve todavía más torpe. 

También resulta preocupante que algunos futbolistas y voces cercanas al equipo insistan en pedir apoyo incondicional como si este grupo hubiera construido una relación fuerte con la tribuna. No la ha construido. Lo que existe hoy es una fractura visible. Y esa fractura no nació el sábado, sino que viene arrastrándose desde procesos anteriores, entre malos resultados, decisiones cuestionables y una sensación constante de que la selección vive más protegida por el discurso que exigida por el rendimiento. El empate ante Portugal solo volvió a exhibirlo en el escenario más simbólico posible. 

Más grave aún fue ver que el estadio se encendió por momentos más con el rival que con el propio equipo. La gente coreó “olés” para Portugal y ovacionó la entrada de Paulinho, delantero del Toluca, en una señal clarísima de que la conexión emocional con el Tri está rota. No fue una traición de la afición; fue una factura. Una factura por años de poca autocrítica institucional, por resultados pobres y por la costumbre de querer controlar el relato incluso cuando la cancha dice otra cosa. 

La selección mexicana todavía tiene tiempo para corregir cosas antes del Mundial, pero el margen se acorta. Y corregir no pasa solo por ajustar una alineación o recuperar lesionados. Pasa por entender que el público ya no compra cualquier discurso, que el Azteca ya no intimida por sí solo y que el respaldo se gana con partidos que emocionen, con una identidad reconocible y con una lectura honesta de la realidad. La afición no está molesta porque sí; está molesta porque ve a un equipo estancado y a un entorno que, demasiadas veces, parece más ofendido por la crítica que comprometido con mejorar. 

Hoy el Azteca fue un termómetro brutal. Y la temperatura es alta. Si México quiere llegar al Mundial con algo parecido a una fortaleza en casa, primero tendrá que dejar de comportarse como una selección que se sorprende por los abucheos y empezar a actuar como una selección que entiende por qué los provoca.

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