El pase interceptado de Aaron Rodgers ante Houston todavía parece suspendido en el tiempo. No fue sólo una jugada que selló una derrota de playoffs; fue, muy probablemente, el último lanzamiento de una etapa que nació con expectativas altas y terminó envuelta en silencio. Todo apunta a que la historia de Rodgers con los Pittsburgh Steelers ha llegado a su fin.
De acuerdo con reportes de NFL Network, el quarterback de 42 años no regresará a Pittsburgh para la temporada 2026. La razón va más allá de números o rendimiento. La salida de Mike Tomlin, el entrenador en jefe que lo convenció de aceptar el reto, derrumbó el pilar principal del proyecto. Rodgers confiaba en Tomlin, en su liderazgo y en la estabilidad histórica de una franquicia que rara vez improvisa. Cuando Tomlin anunció su renuncia dentro del vestidor, Rodgers se quebró. Se disculpó con sus compañeros. Entendió, quizá antes que nadie, que el camino se había terminado.
Sin Tomlin, la continuidad dejó de tener sentido. Rodgers no fue el MVP de otros tiempos, pero ofreció una temporada funcional y competitiva: 3,322 yardas y 24 touchdowns en un entorno ofensivo limitado y con una estructura que nunca terminó de asentarse. Cumplió. Resistió. Compitió. Pero no bastó.
Ahora, el futuro se abre como un cruce incómodo. El retiro es una posibilidad real, cada vez más cercana. También lo es un último intento con otra franquicia, una despedida distinta a la que dejó en Pittsburgh. Minnesota vuelve a aparecer en el radar, como en la offseason pasada, aunque aquella vez los Vikings optaron por mirar al futuro con JJ McCarthy. El tiempo corre y las opciones se reducen.
Para los Steelers, el impacto es aún mayor. En cuestión de días perdieron a su entrenador histórico y a un quarterback de élite. La organización enfrenta una decisión que marcará su rumbo: apostar por un parche inmediato, asumir el riesgo de un proyecto intermedio o aceptar una reconstrucción profunda con costos deportivos a corto plazo.
Los nombres empiezan a circular. Daniel Jones como opción de bajo costo con potencial de redención. Marcus Mariota como estabilizador de vestidor. Malik Willis como apuesta de crecimiento que alguna vez estuvo en la mira. Kyler Murray como talento disruptivo si el salario no es un muro infranqueable. Incluso Ty Simpson, pensando más allá, como la semilla de una nueva era.
Pero nada de eso borra la imagen final. Rodgers caminando fuera del campo, sabiendo que algo se rompió. Que la promesa de Pittsburgh se evaporó junto con la salida de Tomlin. Que ese pase interceptado no sólo cambió un partido, sino que pudo haber cerrado un capítulo entero de la NFL.
En Pittsburgh comienza una etapa incierta. Y para Aaron Rodgers, quizá, el inicio del adiós definitivo.

