El futbol mexicano volverá a vivir uno de esos episodios que lo retratan de cuerpo entero: la mutación de una franquicia, ese fenómeno tan peculiar en el que cambian el nombre, los colores, la ciudad y hasta la identidad de un equipo, mientras en una plaza nace una nueva ilusión y en otra queda la herida abierta de ver partir a su club.
El verano de 2026 marcará una nueva transformación en la Liga MX. Mazatlán FC dejará de existir y su lugar será ocupado por el regreso del Atlante, equipo histórico que desde 2014 ha permanecido en la división de plata del futbol mexicano.
La historia tiene un fondo que en Mazatlán hoy empieza a sentirse como una especie de karma deportivo. Y es que el cuadro cañonero nació en 2020 tras quitarle su lugar a Monarcas Morelia, en pleno contexto de pandemia por el COVID-19 y en medio de una disputa económica entre el entonces dueño de la franquicia, Ricardo Salinas Pliego, y el gobierno de Michoacán, encabezado en ese momento por Silvano Aureoles.
En aquellos días, la versión más difundida apuntaba a que el empresario exigía un subsidio millonario para mantener al club en Morelia. Ante la falta de acuerdo, apareció la opción de Sinaloa. Quirino Ordaz, entonces gobernador del estado, abrió la puerta ofreciendo todas las facilidades para llevar una franquicia de Primera División al recién inaugurado Estadio Mazatlán.
Ahora, seis años después, la historia vuelve a repetirse, pero con el puerto como plaza afectada. El equipo que llegó como símbolo de una nueva era desaparecerá para dar paso al Atlante, uno de los clubes con mayor tradición en el futbol mexicano.
Mazatlán no es un caso aislado. En realidad, forma parte de una larga lista de franquicias transformadas, vendidas o reubicadas en el futbol nacional.
Uno de los antecedentes más recientes fue el de FC Juárez, que en 2019 adquirió los derechos federativos de Lobos BUAP. La directiva encabezada por Alejandra de la Vega pagó 15 millones de dólares por la operación, en un movimiento que también generó polémica y diferencias legales entre la institución poblana y Mario Mendívil, entonces administrador del club licántropo.
Otro caso emblemático fue el de Querétaro. Después de descender al final de la temporada 2012-2013, Gallos Blancos logró mantenerse en el máximo circuito gracias a la compra de la franquicia de Jaguares de Chiapas. Aquel verano estuvo lleno de movimientos de escritorio, porque Chiapas tampoco se quedó sin futbol de Primera: con apoyo del gobierno estatal, entonces encabezado por Manuel Velasco, se hizo de la franquicia del Club San Luis.
Así, una vez más, el futbol mexicano confirma esa costumbre tan suya de mover equipos como si fueran piezas intercambiables, sin importar del todo la historia, la afición o el arraigo que dejan atrás.
Mazatlán está por desaparecer. Atlante está por volver. Y en medio de ese cambio, se repite una escena conocida: en una ciudad nace la esperanza; en otra, queda la sensación de que en el futbol mexicano los colores, el escudo y la identidad demasiadas veces dependen más del escritorio que de la cancha.