En la víspera de Navidad, cuando el basquetbol universitario suele bajar el pulso y los rosters parecen cosa juzgada, Baylor rompió el guion. No fue un recluta estrella de preparatoria ni una joya rescatada del portal de transferencias. Fue James Nnaji, un centro de 2.13 metros con pasado en la Euroliga, nombre escuchado en el draft de la NBA, minutos en la Liga de Verano y un historial que incluye un traspaso que movió a un All-Star. La noticia cayó como un trueno: el profesionalismo regresando a la universidad por la puerta menos esperada.
Nnaji no siguió el camino clásico. Creció en Nigeria y se formó en Europa, con el Barcelona como estación central. Jugó contra adultos, con contratos y presión real, aprendiendo a sobrevivir lejos del discurso amateur. En 2023, Detroit lo seleccionó con el pick 31 global, una apuesta de futuro para un pívot de físico imponente y lectura defensiva en crecimiento. A los 18 años, su nombre ya estaba ligado a la NBA sin haber pisado un campus.
Compartió escenario con Victor Wembanyama en la Liga de Verano, viajó en un intercambio que llevó a Karl-Anthony Towns a Nueva York y volvió a tocar la puerta hace apenas seis meses buscando un hueco definitivo. No lo encontró. Baylor sí. Y apostó por el camino inverso: traer de vuelta a la universidad a un jugador del profesionalismo para probarlo en el fuego de la Big 12.
Elegible… y polémico
La NCAA confirmó su elegibilidad. Una frase breve, un impacto enorme. De pronto, un jugador con pasado NBA compartía duela con jóvenes que apenas descubren la vida universitaria. Scott Drew lo presentó como lo que es: talento joven (21 años) con potencial, un miembro más de la familia Baylor. Pero el gesto chocó con décadas de una frontera rígida entre NBA y NCAA.
Esa frontera ya estaba agrietada. Primero, con la flexibilización del draft; luego, con la llegada de internacionales con experiencia profesional; después, con la G League como antesala híbrida. Aun así, persistía una regla no escrita: si te draftean, la universidad se cierra. El caso Nnaji la empujó al centro del debate.
La NCAA sostuvo que cada caso se evalúa individualmente y que sin contrato NBA no hay veto. Legalmente suficiente. Culturalmente explosivo. Antes hubo precedentes (Santa Clara con Thierry Darlan, Louisville con London Johnson), pero ninguno había sido drafteado. Nnaji sí.
Un estreno entre abucheos
El debut fue áspero. En Fort Worth, ante TCU, cada entrada de Nnaji a la duela llegó con abucheos; cada toque de balón, amplificado por una reacción visceral. Protestas, faltas rápidas, salida con cuatro personales a 4:42 del final en una derrota 69-63. El ruido fue ensordecedor. Luego, el silencio. Drew lo protegió: no hizo nada indebido, dijo. Si hoy fuera jugador NBA, estaría en la NBA.
Nnaji pasó cuatro años en el profesionalismo europeo antes del draft. Sus derechos viajaron de Detroit a Charlotte y luego a Nueva York. Nunca firmó contrato NBA. Ese detalle activó el veredicto institucional. La NCAA aclaró la línea: quien tenga contrato NBA no es elegible. Clara en papel, difusa en la realidad de trayectorias fragmentadas. Nnaji conserva cuatro años de elegibilidad porque nunca asistió a una universidad estadounidense. El objetivo declarado: que se gradúe.
No habló tras su estreno. Su historia habló por él. En una era de pagos nulos, portales abiertos y movilidad sin precedentes, su regreso expone la paradoja: la universidad como refugio después del profesionalismo, el amateurismo como escala posterior al draft, la NCAA como árbitro de un juego que ya no controla del todo. James Nnaji no reescribió las reglas, pero caminó justo por la grieta donde dejaron de ser absolutas. Y en ese trayecto, convirtió su presencia en un espejo incómodo para el basquetbol universitario.

