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Irán en vilo: el Mundial no se juega en la Casa Blanca

Fue el 5 de diciembre del año pasado. En el Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas de Washington, Gianni Infantino le concedió a Donald Trump el primer Premio FIFA de la Paz, una suerte de desconcertante desagravio futbolístico después de que el Nobel del ramo, al que se había postulado, le hiciera acertadamente la cobra. Apenas unos meses más tarde, el presidente estadounidense despejaba de volea aquel galardón al escalar la guerra contra Irán, cuya selección ya se había ganado su participación en la Copa del Mundo. Metralla contra el fútbol, la misma que en la Segunda Guerra Mundial cerró la puerta al campeonato durante doce años.  

Trump fantaseó con un conflicto corto, pero todo indica que este trágico partido se irá mucho más allá del tiempo reglamentario y que la presencia de Irán en el Mundial será cada vez más complicada. Así que, en un mundo esférico, al presidente se le ocurrió una solución tan oval como su despacho: redimir a Italia de sus pecados. Dieciocho millones de estadounidenses tienen ascendencia italiana y, además, convenía “reamigarse” con Giorgia Meloni. Una salida geopolíticamente vistosa, pero futbolísticamente absurda. Entonces FIFA e Italia tuvieron que recordarle, a través de Paolo Zampolli, que el fútbol se juega en la cancha y no en los jardines de la Casa Blanca.  

Porque el fútbol tiene sus reglas e Italia conserva intacto su orgullo. FIFA resistirá hasta donde le alcancen las fuerzas para mantener a Irán en el torneo, porque sus tablas de la ley siguen grabadas en el césped. Y si finalmente se produce la renuncia, aplicará su reglamento y sus criterios competitivos. Hoy, de acuerdo con lo que se ha informado, los reemplazos más probables serían Emiratos Árabes Unidos o Irak, no una invitación vergonzante a la Azzurra por la puerta de atrás.  

Luego está Italia, cuatro veces campeona del mundo, que prefiere tragarse su fracaso —el tercero consecutivo— y someterse a una catarsis, antes que aceptar una limosna. La propuesta de colarse al Mundial por la gatera no solo fue vista como improcedente; en Italia fue considerada directamente vergonzosa. Su sangre deportiva, como su camiseta, es azul.

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