La pelota sale del bate con un sonido seco, inconfundible. Es una detonación breve que no necesita traducción. El jardín se queda inmóvil apenas una fracción de segundo, el tiempo exacto que tarda el estadio en entender lo inevitable. Cuando la bola cruza la barda, la multitud estalla: gorras al aire, cerveza derramada, abrazos entre desconocidos. En el dugout, los jugadores esperan su turno para celebrar. Un jonrón es júbilo puro para unos y lamento inmediato para otros.